El discreto encanto de la mediocridad
Por Fritz Du Bois para El Comercio
Esta semana dio la impresión de que existiera una logia cuya misión sería asegurar que nuestro país se quede atrapado en la mediocridad. Primero tuvimos al Cusco en otro episodio de autoflagelación andina, al igual que Arequipa en el 2002, con un paro regional por la oposición visceral a una ley promocional. Con ello, aparte de ahuyentar a turistas, también correrán a los nuevos inversionistas, lo cual podría ser el objetivo real de los que están detrás de la protesta, ya que los protege de la competencia.
La comodidad con la mediocridad y la cultura de solo hacer lo mínimo indispensable ha llevado a que tengamos el mayor déficit de inversión en infraestructura en la región. Por ejemplo, el operador del aeropuerto, con una economía creciendo a más de 8%, con un enorme potencial turístico a pesar de los cusqueños y con dos cumbres mundiales ad portas, debería estar construyendo no solo otra pista de aterrizaje, sino también otro terminal de pasajeros e instalando decenas de mangas adicionales. Sin embargo, está buscando cualquier excusa para postergar su inversión en una evidente muestra de falta de ambición.
Asimismo, la preservación de la mediocridad parece ser la motivación detrás de la oposición a limitar al tercio superior de los egresados la postulación a profesor. En cualquier actividad se pueden fijar calificaciones mínimas para poder cumplir con una función, más aun si esta es en educación, por ello no entiendo por qué debe de ser una obligación darle empleo a quien no se esforzó.
Recordemos que el Perú tiene la peor educación pública de América Latina debido a la pésima preparación de los 310,000 profesores en la planilla del Estado, de los cuales solo 1,5% logró, cuando fueron evaluados, un razonamiento matemático adecuado. Sin embargo, presidentes regionales, educadores y otros se rasgan las vestiduras al exigir el derecho de pésimos maestros a seguir entrando en el magisterio. Pareciera que su objetivo fuera mantener a otra generación de peruanos en la ignorancia.
De otro lado, lo que sí funciona –y muy bien– en la educación pública son los colegios de Fe y Alegría, cuyos alumnos tienen en promedio un rendimiento 20% superior al del resto. Recobrando la esperanza en la humanidad luego de una semana marcada por los defensores de la mediocridad, asistí a la entrega de un colegio donado por un empresario para 1.500 niños por turno en la parte más alta y pobre de Pamplona. Lamentablemente el esfuerzo privado no fue correspondido por el Estado, ya que a dos semanas del inicio de clases el Ministerio de Educación solo le ha asignado a Fe y Alegría cuatro de los 30 profesores iniciales. Asimismo, la zona está completamente abandonada por el aparato estatal, no hay agua ni desagüe ni títulos de propiedad. De cualquier manera, tener educación de calidad hará que muchas familias se muden allá y el colegio será un imán aspiracional que llevará a una continua mejora en la calidad de vida en ese lugar.
Sería fantástico que el resto del empresariado tuviera la misma generosidad, ya que si esperan que el Gobierno solucione los problemas, nada se hará y para el 2011 la frustración puede explotar. Si en lugar de gastar en costosas memorias sobre responsabilidad social empresarial, cada una de las 100 principales empresas se comprometiera hoy a donarle un colegio a Fe y Alegría, para febrero del 2010 se habrá duplicado el número de niños con futuro.
Robando una frase ajena, hay que ponerle fecha a los sueños si queremos realmente erradicar el culto a la mediocridad.
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